No me preguntes. No lo sé. No sé ni por qué ni para qué estoy haciendo esto, pero acá estoy; frente a vos, con esta mezcla de miedo, sintiendo otra vez el nudo en la garganta, la transpiración en las manos, los nervios, todo tan familiar, tratando de mirarte a los ojos, completamente mudo. Sí, ya sé que todo había quedado claro: el último abrazo, las últimas lágrimas derramadas, las nostalgias y los recuerdos, el silencio, el ciclo cerrado, la despedida. Te juro que yo también estuve en un principio seguro de que todo había quedado claro; que no había lugar a los arrepentimientos. Que el punto era punto final, pero no sé. No pongas esa cara, por favor, y antes que decidas salir por esa puerta, te pido me escuches. No, no. No es esa la idea; es que no logro soportar tu ausencia, y me desesperan las ganas que tengo todos y cada uno de los días, de salir corriendo a buscarte. Encima tus palabras fueron un golpe de nocaut, certero, muñeco a la lona, directo a mis miedos más horri...
Algunos aman en amor la agitación como en el mar aman la tempestad (André Maurois)